Por Andrés García Inda
Profesor de filosofía del Derecho en la Universidad de Zaragoza.
A mediados de agosto, uno de los tuits de la cuenta de RTVE desvelaba, acompañándolo de un pequeño reportaje, “el truco para evitar robos en la playa”: vigilar los objetos de valor —decía expresamente—, no quitarles el ojo de encima. El sarcasmo de los comentarios ante semejante obra cumbre del periodismo estival fue tal que la cadena acabó eliminando la publicación.
Dos meses antes, con ocasión de la Selectividad, casi todos los periódicos informaban de las recomendaciones de “los expertos” para afrontar con éxito los exámenes y evitar la ansiedad, a saber: repasar, descansar y responder primero a las preguntas que mejor se sepan. ¿Expertos en qué? se preguntaban algunos al ver el contenido de la noticia, ¿en sentido común?
De hecho, el sintagma “los expertos aconsejan” se ha convertido en un lugar común del periodismo y la política hasta el punto de que ha adquirido sentido por sí mismo, sin ningún tipo de complemento directo. Pruebe a introducirlo en Google y verá cuán anchos (e inanes) son los ilimitados campos de la expertise: desde las canciones que hay que escuchar o el champú que no debes usar a la forma de utilizar una complicada herramienta tecnológica. Hoy día todo es una cuestión técnica y por eso son ellos, los expertos, quienes saben lo que hay que hacer en cada caso, aunque la mayoría de las veces se trate de cosas que todo el mundo, antes, parecía conocer.
Durante el verano, seguramente, quienes más trabajo tienen para opinar son los expertos en las medidas para afrontar el calor. Ya saben cuáles: usar ropa ligera, hidratarse, darse crema, buscar la sombra… las de siempre, vaya. Pero además de entendidos en lo suyo, los expertos y los medios son también especialistas en encontrar nuevos términos técnicos para designar realidades comunes o tradicionales que se ajusten mejor al contexto de emergencia y excepcionalidad en el que dicen que vivimos, como el de “refugio climático”, por ejemplo. En mi ciudad, una Iglesia parroquial anunciaba en un cartel su condición de tal, ampliando su horario de apertura. La iniciativa fue muy aplaudida, aunque algunos se preguntaban por qué no mantenía también ese horario durante el resto del año para hacer frente a otro tipo de emergencias… espirituales. Lo curioso del caso es que, en realidad, las iglesias, las bibliotecas, los grandes almacenes, etc., siempre habían funcionado como espacios en los que guarecerse durante un rato del calor (o del frío, la lluvia, etc.): uno entraba y esperaba en silencio o hacía como que iba a leer o a comprar, aunque no rezara ni leyera ni comprara nada, y así pasaba un rato, ajustándose a las condiciones del lugar que le acogía. Ahora, sin embargo, y así lo anuncian, ni siquiera eso es necesario: ¿sería normal que quienes buscaran cobijo en un templo se sentaran en el respaldo de los bancos para charlar tomándose unas cervezas y unos frutos secos? ¿por qué no?
En el fondo, en la historia humana siempre ha existido cierta tendencia a levantar acta de los hechos notorios, a certificar lo conocido o a solemnizar lo obvio. Así no corremos riesgo de equivocarnos y, además, el poder necesita siempre justificar su existencia, aunque sea, como el rey del Principito, ordenándote lo que ya estás haciendo. Pero esa codificación de las costumbres adquiere en nuestro tiempo una dimensión extraordinaria. De hecho, recomendaciones como las de los ejemplos anteriores no son sino la espuma ligera (y graciosa, en cierto modo) de un mundo en el que cada vez más todo está regulado y ordenado, sea en forma de recomendaciones, de obligaciones o de prohibiciones, avaladas, claro, con la sacrosanta bendición de los expertos (sean reales o inventados). Cada vez queda menos lugar para lo implícito y, con ello, para la creatividad y la ironía. Todo debe ser explícito, expreso, literal: sea la fórmula para dar el consentimiento en una relación o para dar de baja una línea telefónica; sea el criterio para determinar el volumen de la voz (o de los altavoces) o el uso y la postura en el asiento del tranvía; sea… lo que sea.
Los mismos expertos que ahora nos recomiendan cosas como las que hemos visto, nos convencieron hace algún tiempo de que el sentido común era en realidad el sentido dominante, y que por eso mismo había que abolirlo, como la propia cultura. Y henos aquí, ahora, desorientados y asustados, sin unas mínimas claves prácticas asumidas por todos (o por la mayoría): aquellas que nos proporcionaba una cultura compartida y que nos permitían funcionar, mal que bien, día a día. Henos aquí necesitados de un primo de Zumosol que diga en cada momento qué debemos hacer y cómo debemos sentirnos, reconocernos, relacionarnos, comportarnos (o que se lo diga al otro: al de los altavoces, el tranvía… o lo que sea). Para el filósofo e islamólogo Olivier Roy esa hipernormativización de la vida social es fruto precisamente de la deculturación que conlleva la globalización. La individualización ha dinamitado los espacios tradicionales de socialización (la comunidad, la familia, la asociación, la escuela, la iglesia…) y lo ha confiado todo al Estado. No nos debe extrañar que este se empeñe en codificarlo y burocratizarlo todo e imponerlo por la fuerza. Es lo único que sabe hacer.
Para Roy, la deculturación afecta especialmente a las religiones. En La santa ignorancia, el académico francés mostraba cómo esa deculturación se produce cuando se disocian los marcadores y las normas religiosas y los marcadores o normas culturales: por ejemplo, sobre la forma de «estar» en un templo, aunque sea para refugiarse del calor (por cierto, en Democracy needs Religion, el sociólogo Hartmut Rosa hace unas reflexiones muy interesantes al respecto, que dejamos para mejor ocasión). Uno de los efectos de esa desconexión entre lo religioso y lo cultural es que las fronteras de la fe se modifican y el creyente pasa a convertirse en alguien raro o incluso fanático: “un ultra”. La fe que no es congruente con la cultura dominante es un ejemplo típico de fanatismo, dice Roy (lo que sucede, por ejemplo, con la postura de los católicos sobre el aborto). El otro efecto es que, por miedo a ser tildado de estrambótico o fanático, el creyente acabe amoldándose acríticamente a esa cultura dominante, aunque sea, como en nuestro tiempo, una cultura vaciada o «deculturada», codificada y ortopédica. Pero entonces las fronteras de la fe pueden convertirse en las exigencias de la última moda. Y no era eso, ¿no?
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