Más allá de lo visible: el lenguaje oculto de las cofradías

Ocurre que la belleza entra rápido por los ojos. No es casualidad, hay una especie de atracción entre lo bueno y lo estéticamente bello que hace despuntar nuestra mirada hacia ello. Pero la belleza, cuando está vinculada a la fe, no solo es algo que se ve; es algo que se experimenta, que toca el alma y la transforma.


¿Qué es la belleza?
Cuando hablamos de Dios, casi cabría asemejarla a su presencia. San Agustín decía que «nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Esa búsqueda de Dios es también una búsqueda de la belleza, de aquello que nos eleva, que nos saca de nosotros mismos y nos lleva a lo eterno.


Pero ocurre un problema. Y es que lo bello no es igual para todos. Hay para quien lo sencillo es bello (de esto la cultura japonesa sabe mucho), para otros lo brillante o deslumbrante; para unos lo simétrico, para otros lo precisamente desigual. Y, además, estos gustos dependen mucho de la cultura de cada momento. La belleza, en ese sentido, parece subjetiva. Pero cuando hablamos de belleza en términos espirituales, hay algo que trasciende lo personal y lo cultural. Hay una belleza que nos habla de Dios, que nos toca en lo profundo y nos invita a la conversión.

Para quien no entiende las cofradías de Semana Santa, esta suele ser una razón frecuente. Responden a una estética que no encaja con su sensibilidad. Los tambores, las marchas fúnebres, las túnicas, el incienso… pueden parecer excesivos o incomprensibles desde fuera.


Pero para quien las vive y las ama, ocurre algo totalmente diferente, y es que la estética deja de tener que ver con lo que entra por los ojos, para hablarnos de lo que atraviesa el corazón. Como esa flecha que se clava en el corazón de Santa Teresa en la escultura de Bernini.


Las cofradías como escuela de belleza
Las cofradías nos hablan de la fe del pueblo. Y desde ahí nos llevan a conceptos como comunidad y devoción. La belleza en las cofradías no está solo en las imágenes, en los bordados o en la música, sino en la experiencia compartida de fe, en el esfuerzo común por transmitir lo que se cree, en la procesión que convierte las calles en un templo.


Es la belleza del sacrificio, del compromiso, de la fe transmitida de generación en generación. Es la belleza del cirio que ilumina en la noche, de los pies cansados que avanzan por las calles, de las lágrimas que se confunden con la lluvia. Esa belleza que parece dura, porque habla del dolor, pero que es profundamente hermosa porque nos conecta con el misterio de la Cruz y de la Resurrección.


De la estética a la ética
Desde aquí podemos hablar realmente de estética, de aquello que nos atrapa el alma, para recorrernos por dentro, transformarnos, y volver a brotar desde nosotros con la ética: hacer el bien. La verdadera belleza no es solo lo que se admira, sino lo que nos cambia. La belleza auténtica es la que nos convierte en mejores personas.


Un cofrade no sabe hacer otra cosa que apasionarse por Jesús y por su Madre, para devolvérselo a sus hermanos, a través de obras buenas. La devoción no se queda solo en el acto estético de la procesión; se convierte en acción: en ayudar a los pobres, en acompañar a los que sufren, en ser testimonio vivo de la fe en las calles y en la vida cotidiana.


Un cofrade no entiende de razones, sino de emociones que mueven a la acción: más vivos, más entregados, más compasivos. La belleza que transforma es la que lleva a la fe, la esperanza y la caridad. No es solo una belleza que se contempla, es una belleza que impulsa.


Un cofrade no teme a las lágrimas, si la causa es la Pasión de un Jesús que pisó el mismo suelo que ellos. Porque esa belleza que nace de la fe es, en última instancia, una belleza que salva.


Claudia Pellegero

CVX en Zaragoza

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