Por Alejandro Toro sj.
Cada vez soy más consciente por mi experiencia de que el acompañamiento espiritual es un regalo. Es una forma privilegiada de seguir a Jesús y también de poder ayudar a otras personas a seguir al Señor. Él mismo se dedicó a acompañar a sus discípulos, explicándoles las Escrituras (Lc 24, 32), posibilitando que les surgiesen nuevas preguntas y que buscasen la Verdad dentro de su corazón, también mostrándoles la Buena Noticia (Lc 4, 18). En definitiva, lo que un cristiano puede desear vivir para sí y para los demás.
Gracias a que el acompañamiento se presenta en diversas formas, y está destinado para multitud de ámbitos de la vida cristiana, se puede adquirir la óptica del acompañamiento en la relación con la Creación o en el “cuidado de la casa común”[1] , como diría el Papa Francisco. En estas líneas se presentan breves anotaciones para llevar adelante este cometido. ¡Qué bueno poder utilizarlo en nuestras comunidades con esta finalidad!
De inicio, conviene aclarar que un modo acompañamiento espiritual se da en un ambiente de Ejercicios Espirituales y también en la vida cotidiana. En esta última, desde el prisma de la ecología integral, se propone acompañar inspirándose en lo ignaciano de dos formas principalmente. Desde un ámbito más académico y reflexivo, donde se encontrarían propuestas de lectura, investigación y preguntas de fondo que ayuden a entender mejor la teología y relacionar las propuestas que se realizan en los diversos documentos eclesiales, científicos e internacionales que tenemos actualmente, sería como una instrucción catequizante. Y desde un ámbito más experiencial o vivencial, donde en el centro está la conversión ecológica y la vivencia del cuidado en sus múltiples formas como modo de seguimiento a Jesucristo. Estas dos pueden darse a la vez, en este caso, nos centramos en el segundo ámbito.
Por un lado, el acompañante debe conocer la Espiritualidad Ignaciana y tener cierta experiencia en los temas de ecología integral para estar más capacitado en acompañar procesos personales apoyados por el discernimiento y el Evangelio, que ayudan a escoger modelos de vida, cultivar actitudes o decidir a qué dedicar el tiempo cotidiano. Es bueno advertir que acompañar estos procesos exige coherencia vital, profundidad espiritual y capacidad de compartir la vida y misión en la que encontramos sentido al cuidado de nuestra casa común. Sin ello, no se acompaña hacia ningún lado que merezca la pena.
En cualquier acompañamiento, el acompañante debe permitir al acompañado que se encuentre personalmente con Dios, proporcionarle herramientas y sugerencias que ayuden a la persona al encuentro con Jesucristo. Para nuestro caso, una es la propuesta de los cursos de Conversión Ecológica del Portal de Espiritualidad Ignaciana o la de realizar los EcoEjercicios. Estos ejemplos, donde puede aparecer el acompañamiento, cultivan la actitud de trascenderse. Salir de la autorreferencialidad ayuda mover el afecto (Ej. 50) al considerar el impacto que provoca cada acción y decisión personal fuera de uno mismo, al igual que en otras formas de conversión con relación al pecado del mundo y el personal.
Por otro lado, seguramente el acompañado viva en una tensión entre tendencias consumistas, superficiales y lógicas homogeneizantes y propuestas de mayor sentido y profundidad alternativas a la sociedad actual dentro de la vida cristiana. Más aún si los acompañados son jóvenes, que se enfrentan a decisiones vitales con las que dar sentido a su existencia [2]. . Son ellos los que muestran habitualmente más deseo de cambiar la realidad, comenzando por sí mismos. La encíclica Laudato Si invita a la conversión ecológica personal [3] escogiendo una vida cristiana comprometida, el acompañamiento es una buena oportunidad para mostrar el camino que pasa por la reconciliación con los seres humanos, la Creación y con Dios en definitiva [4].
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Por último, conviene recordar que es fundamental en la conversión la presencia de la consolación. La transformación personal surge de una experiencia de admiración por todo lo creado, por encontrar a Dios en todas las cosas y ver cómo trabaja en ellas por mí (Ej. 236). Los jesuitas, desde el inicio de su misión en la Iglesia, tuvieron claro el oficio de consolar [5], para lo que el acompañamiento es una herramienta muy buena que facilite que “el Criador se comunique con su ánima devota” (Ej. 15) y experimente así la consolación. Desde esta vivencia, que lleva al agradecimiento, se pueden tomar decisiones que comprometan a la persona con el mundo herido por nuestro pecado ambiental. Una conversión ecológica es real si tiene consecuencias concretas en la vida. Es entonces cuando se puede adquirir el estilo de Jesús en su (y nuestra) misión de reconciliación con Dios, con el ser humano y con todas sus criaturas.
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[1] Carta Encíclica Laudato Sii, Papa Francisco, 2015
[2] Preferencias Apostólicas Universales 2019-2029. Compañía de Jesús, 2019
[3] Carta Encíclica Laudato Sii. Papa Francisco, 2015
[4] Congregación General XXXV. Compañía de Jesús, 2008
[5] Fórmula del Instituto. Compañía de Jesús, 1540


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