Oración por el Día Mundial de las personas refugiadas

“Oímos contar, en nuestras lenguas, las maravillas de Dios”

Como cada 20 de junio, conmemoramos el Día Mundial del Refugiado, en el que honramos a las personas que han sido obligadas a huir de sus casas por guerras, conflictos y persecuciones. Desgraciadamente, un año más, el número de personas en esta situación no para de crecer y alcanza, de nuevo, cifras de espanto —123,2 millones de personas desplazadas por la fuerza— que deberían rompernos el corazón y hacernos orar y reflexionar. No son ni números ni cifras. Son personas como nosotras y nosotros, que deseaban una vida digna y en paz, que tenían sus aspiraciones y sus sueños para ellas mismas y para sus seres queridos y que un día lo perdieron todo y tuvieron que escapar con lo puesto para salvar la vida. Y son el doble de personas que hace una década. De ellas, 42,7 millones se han visto obligadas a cruzar fronteras para huir de su país, convirtiéndose en refugiadas en tierra extranjera. La mayoría de esas personas refugiadas sobreviven como pueden en los países limítrofes al suyo, pero algunas de ellas llegan al nuestro. ¿Cómo acogemos a estas personas que han perdido todo, que esperan ser tratadas con dignidad y que necesitan una sonrisa, un abrazo y una palabra de esperanza?

Hace escasas fechas hemos celebrado Pentecostés, la llegada del Espíritu Santo: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”. Y, ¿qué haces con ese don de Dios? ¿Te dejas inspirar por el Espíritu Santo para hablar de las maravillas de Dios a toda la humanidad con el lenguaje universal del amor de Dios? ¿Recibes a las personas refugiadas con un lenguaje de amor?

Contempla la escena de Pentecostés

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos. De repente vino del cielo un ruido, como de viento huracanado, que llenó toda la casa donde se alojaban.

Aparecieron lenguas como de fuego, repartidas y posadas sobre cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, según el Espíritu les permitía expresarse.

Residían entonces en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todos los países del mundo. Al oírse el ruido, se reunió una multitud, y estaban asombrados porque cada uno oía a los apóstoles hablando en su propio idioma. Fuera de sí por el asombro, comentaban:

—¿No son todos los que hablan galileos? ¿Pues cómo los oímos cada uno en nuestra lengua nativa? Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia, Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y los distritos de Libia junto a Cirene, romanos residentes, judíos y prosélitos, cretenses y árabes: todos los oímos contar, en nuestras lenguas, las maravillas de Dios.

(Hechos de los Apóstoles 2,1-11)

Los Apóstoles, cuando reciben el Espíritu Santo, no se quedan parados, encerrados, ensimismados. Son enviados inmediatamente a proclamar las maravillas de Dios a todas esas personas extranjeras que se encontraban en Jerusalén en ese momento, y lo hacen.

Contémplate a ti misma/o rodeada/o de esas personas extranjeras que han llegado a nuestro lado, en el caso de las personas refugiadas, empujadas por conflictos y persecuciones. Contémplate hablándoles de las maravillas de Dios en un lenguaje que ellas puedan entender. Y el lenguaje que toda persona humana comprende sin problemas es el del amor. Dios nos quiere unidos en su amor. Si hemos recibido el Espíritu Santo no nos lo podemos quedar para nosotros, tenemos que donarlo y donarnos a los demás. De forma muy especial a los más vulnerables entre los vulnerables, que son las personas refugiadas.

Si te ayuda, contempla la fotografía de nuestro amigo Alberto Di Lolli. Mira los rostros de esas personas —mujeres, hombres, niñas y niños— que, después de haberlo perdido todo, esperan una vida mejor, esperan que alguien las acoja y les brinde la oportunidad de vivir con dignidad. ¿Estás dispuesta a hablarles de las maravillas de Dios, a donarles también a ellas ese amor de Dios que ha sido derramado en tu corazón?

Oración final

Sintiéndote unida/o al resto de la CVX y al resto de la Iglesia, puedes cerrar este rato de oración por las personas refugiadas recitando la Plegaria eucarística V-b, en la que pedimos a Dios que nos inspire en la acogida a las personas desamparadas. Hoy, ten en el corazón a las personas refugiadas.

Danos entrañas de misericordia frente a toda miseria humana.

Inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado.

Ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido.

Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando.

Que quienes te buscamos sepamos discernir los signos de los tiempos y crezcamos en fidelidad al Evangelio; que nos preocupemos de compartir en el amor las angustias y tristezas, las alegrías y esperanzas de todos los seres humanos, y así les mostremos tu camino de reconciliación, de perdón, de paz…

Recibe un gran abrazo fraterno.

Equipo de Migraciones de CVX España

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