¿Quién no se ha llevado las manos a la cabeza cuando se empieza a hablar de la marcha del orgullo o del desfile del orgullo? A la cabeza nos vienen imágenes de hombre y mujeres escasos de ropa o con ropa provocativa y cantando eslóganes cuando menos escandalosos.
Así que, “¿qué hace un cristiano como tú en un sitio como éste?” podríamos preguntar a quienes participan en este evento, portando además una pancarta que los identifica como creyentes.
Quizá tendríamos que poner en práctica la llamada que ha hecho León XIV en el Bernabéu a la escucha y el diálogo y si escuchamos podemos aprender que la primera marcha tuvo lugar en Nueva York en el primer aniversario de los disturbios de Stonewall (1970) donde los diferentes grupos LGTBIQ+ se manifestaron para pedir respeto frente a la persecución y la violencia sufrida por parte de la policía.
Puesto que a las personas diversas se las acusaba por ser raras, extravagantes, queer, los manifestantes convirtieron esa rareza en una muestra de orgullo y la pusieron en valor.
La marcha adquirió más fuerza y aumentó en extravagancia en los años duros del SIDA, cuando la plaga del VIH se consideró un justo castigo divino para quienes mostraban comportamientos inmorales.
Es importante tener claro que los desfiles o marchas del Orgullo unen dos aspectos que se enriquecen entre sí: hay un elemento lúdico, provocativo, escandaloso porque quienes participan han sido considerados así y también hay una parte reivindicativa de derechos. Si los medios no fuesen tan parciales, anualmente recogerían a los grupos que en la cabecera marchan con pancartas reivindicativas para continuar posteriormente con las carrozas.
Pero, ¿y yo, como creyente, qué pinto en esto? Si estuviste en la vigilia por un mundo libre de LGTBIQfobia has escuchado que aún hoy y aquí hay personas que son maltratadas, expulsadas, violentadas, también dentro de nuestras iglesias; y fuera, en otros lugares, las personas son perseguidas, encarceladas, asesinadas,… en una represión que se está acentuando en nombre de la cultura y la religión.
Como creyentes no podemos quedarnos calladas y mirar para otro lado. Y está bien unirnos a las personas vulneradas en espacios orantes, pero ¿no es importante también unirnos a aquellas acciones que organizan ellas mismas, a su modo?
Desde hace unos años, en la marcha del orgullo en Sevilla, en la primera parte sale una pancarta que dice “Dios nos hizo de todos los colores”; quienes hemos participado hemos visto a gentes muy variadas acercarse a dar gracias, llorar, afirmar con la cabeza, sonreír, pedir hacerse una foto con ella.
Quizá este sábado es tu momento para acompañar la pancarta cantando “Ames a quien ames, Dios te ama”.
Bea Blesa
CVX en Sevilla


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