Por nuestras hijas e hijos estamos dispuestos a… lo que sea. Es cierto, no queremos dejar a las siguientes generaciones un mundo peor que el que nosotros recibimos. Y no sólo en lo referido a la salud de nuestra Madre Naturaleza.
Durante años y años, a través de silencios provocados por el miedo, de palabras teñidas de sufrimiento y dolor, de defensas de discursos que se acomodan en la irracionalidad o de posiciones establecidas desde siempre, se puede conseguir que las siguientes generaciones hereden esto mismo: nuestro miedo, sufrimiento, dolor, odio o inmovilismo. De manera consciente o inconsciente.
Darnos cuenta de ello, reconocerlo, ponerle nombre y reconocer sus formas puede ser el primer paso para desmontarlo. Caminar hacia el diálogo cívico y la reconciliación para poder lograr una convivencia pacífica y fraterna puede ser la mejor herencia para nuestras siguientes generaciones.
¿Estamos dispuestas a dejarles en herencia otra sociedad más fraterna? Quizá para nosotros sea difícil perdonar y olvidar, pero… ¿podríamos caminar hacia ello para que se beneficien las siguientes generaciones? ¿Existe una mejor motivación que esto?


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