Siempre me ha dado la impresión de que los seguidores de Cristo no hablamos demasiado de la esperanza y que la tenemos un poco como a “la hermana pobre” del trío de las “virtudes teologales”, esos dones de Dios aceptados desde la libertad y que hacemos crecer o no, a lo largo de toda nuestra vida. Creo más bien que la esperanza es la dinamizadora de sus “dos hermanas”, tanto de la fe entendida como una relación personal con Dios mucho más allá de una mera posición intelectual, como del amor, concreción de la fe en un “nosotros” construido con los demás. El teólogo J.B. Metz decía que “la Iglesia no es primordialmente una institución moral, sino transmisora de una esperanza. Y su teología no es primordialmente una ética, sino una escatología”, un reino de Dios esperado y anunciado en su plenitud en el “más allá” pero que comienza a realizarse en el “aquí y ahora”.
Hay una bella expresión en la Carta a los hebreos sobre la esperanza cristiana: dice que esta es “como un ancla firme y segura, que penetra más allá de la cortina, hasta el misterio a donde Jesús entró como precursor nuestro” (Heb 6, 19-20), estando nuestra vida entonces “agarrada” a esa ancla de esperanza. Es también el “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5), que señala y nos invita a ese dinamismo por transformar la realidad acercándola al plan de Dios.
Por eso, y continuando con Metz, “la espiritualidad cristiana es, en un sentido bien entendido, una espiritualidad completamente política; y la mística cristiana es una mística política. No una mística del poder político ni del dominio político, sino fundamental y llanamente una mística de ojos abiertos. Jesús enseñó una especie de mística de la percepción… que desea tornar visibles a los que sufren invisiblemente y alentar a la práctica de la compasión como mística de la justicia de Dios”. (J.B.Metz “Por una mística de ojos abiertos”, pag.77)
Por eso es normal que los seguidores del resucitado nos preguntemos a menudo siguiendo esa “mística de ojos abiertos”, si vivimos como pensamos porque Él es también compasión y justicia, si “trabajamos la esperanza todos los días”, que diría el Papa Francisco. Y si más allá de un asunto social o político, el eje de mi fe, el dinamismo de mi esperanza y la fuerza de mi amor se hacen concretos en el qué, cómo y con quienes me junto para trabajar por ese objeto de mi esperanza.
Pedro Alonso
Equipo Misión Espiritualidad CVX-E


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