Volver a la esencia del Adviento

La vida, la propia existencia es estacional y no hay nada tan sencillo como mirar a la Madre Naturaleza para ser conscientes de ello. Nuestra vida se rige por períodos, fases y ciclos que se van desarrollando, uno tras otro, sin pausa. Así, a la florida y esperanzadora primavera le sigue un verano siempre con promesa de descanso y, tras él, la melancolía del otoño tiñe de marrones el paisaje agitando las hojas que irán cayendo hasta dejar desnuda una Naturaleza que se va deshojando hacia el invierno. Es en este momento cuando el calendario de los tiempos litúrgicos nos avisa de que el Adviento está aquí y después le seguirá la Navidad y así, sucesivamente, año tras año.

¿A esto hemos llegado? A la inercia de reducir los sagrados tiempos litúrgicos a momentos que pasan sobre nosotros cual campaña de marketing repitiendo insistentemente en nuestras cabezas el eslogan de turno. Quizá, darse cuenta de ello hiere nuestra sensibilidad cristiana y, por ello conviene recordar, volver a pasar por el corazón y llenar nuevamente de contenido profundo todo lo que se supone que ya sabemos sobre el Adviento.

Y lo primero siempre es volver al origen, en el caso de las palabras, esto nos conduce a sumergirnos de lleno en la etimología y ver que la palabra latina adventus nos remite al significado de ‘llegada’. Como palabra monosémica que es, el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española) nos regala una única acepción en la que se describe el Adviento como “tiempo litúrgico de preparación de la Navidad, en las cuatro semanas que la preceden”. Es decir, que año tras año, estamos invitados a vivir un tiempo con fecha de caducidad que cuadra a la perfección con nuestros tiempos paganos laborales y domésticos que son los que, no nos engañemos, realmente marcan nuestros ritmos y horarios. Nos preparamos interiormente para la venida de Dios al mundo, una esperanza cierta que sabemos que se va a realizar y que, no por ser sabida, debemos descuidar.

Sabemos que Dios Padre-Madre camina con nosotros cada día de nuestra vida, unas veces somos más conscientes de ello y otras menos, eso es así. Puede que este Adviento sea un buen momento para detenerse en esta idea y que nuestra preparación interior necesite extenderse más allá de esas cuatro semanas prefijadas. Esta vuelta a la esencia del Adviento puede comenzar permitiendo que la luz de este tiempo ilumine nuestra mirada más allá de los adornos y las frases hechas típicas de esta época y poner el foco en lo que verdaderamente vale le pena, lo de dentro. Dejar que el Espíritu sople, nos sorprenda con su brisa y nos mueva de dentro hacia afuera, de la contemplación a la acción, pero sin marcarle un ritmo determinado, sin forzarlo, simplemente estando a la escucha que no es poco.

La esperanza en la venida plena del Reino sobrepasa los límites temporales terrenales y si nuestro corazón necesita alargar ese Adviento, démosle la oportunidad de hacerlo, de encontrar en esa preparación nuestra estrella de Belén, así como lo hicieron los Reyes Magos. Poner rumbo hacia el Portal, esa Buena Noticia, caminando hacia ese Jesús que siempre nos espera con los brazos abiertos, sea la fecha del calendario que sea.

Cristina González, CVX en Valladolid

En colaboración con el Equipo Misión espiritualidad CVX-E

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