Bajo el blanco infinito de los plásticos hay vidas que aún esperan ser vistas

Nos recibió un fin de semana amable en Almería. Contra lo que cabría esperar en pleno mes de mayo, el calor aún no apretaba y una ligera brisa acompañaba nuestros primeros pasos.

En las oficinas del Servicio Jesuita a Migrantes nos esperaba su equipo, que nos acogió con cercanía y hospitalidad. Desde el primer momento nos ayudaron a situar la mirada en la realidad que nos convocaba: una realidad compleja, profundamente humana y, al mismo tiempo, dolorosamente normalizada; una realidad que lleva décadas existiendo a pocos kilómetros de nuestros hogares y que, sin embargo, sigue siendo invisible para muchos.

Antes de ofrecer respuestas, se nos invitó a mirar. Antes de emitir juicios, a escuchar. Y así comenzamos una caminata que tenía algo de visita, algo de aprendizaje y mucho de oración.

Caminábamos en silencio por los márgenes de la carretera, dejando que el paisaje hablara por sí mismo. Poco a poco nos adentrábamos en la inmensidad de los invernaderos y en las zonas donde se levantan los asentamientos. Un paisaje que impresiona por su extensión y que interpela por las historias que alberga.

Allí conviven decenas de personas que, día tras día, trabajan cultivando y cosechando los frutos de esta tierra. Son las manos que hacen posible que frutas, hortalizas y verduras de todos los colores lleguen a nuestras mesas y a los mercados de media Europa. Sin embargo, paradójicamente, muchos de ellos regresan cada jornada a condiciones de vida marcadas por la precariedad, la incertidumbre y la falta de oportunidades.

A medida que avanzábamos, una idea se hacía cada vez más presente: bajo aquel inmenso mar de plástico no solo crecen los frutos que alimentan a millones de personas. También habitan sueños, esfuerzos, heridas y esperanzas. Vidas que demasiadas veces permanecen ocultas bajo la misma estructura que protege las cosechas.

Y fue entonces cuando comprendimos que aquella caminata no era solo un recorrido por un territorio. Era, sobre todo, una invitación a mirar de frente una realidad que nos interpela como sociedad y como personas. Porque detrás de cada fruto hay unas manos. Y detrás de cada mano, una historia que merece ser conocida.

El día aquí ,en los asentamientos de Níjar comienza mucho antes de que el sol caliente con fuerza el polietileno de los invernaderos. El despertar está marcado por el crujido de los plásticos y el sonido de las maderas que sostienen las chabolas. Aquí, entre caminos de tierra, polvo  y ruidos de motores agrícolas, la vida se construye con lo mínimo.

Hombres y mujeres, llegados en su mayoría de distintos rincones de África, se preparan para jornadas intensas de recolección de tomates, pepinos o pimientos. Al regresar, no hay un grifo que abra agua corriente ni un interruptor que encienda la luz de inmediato; el agua se transporta en garrafas y la energía se comparte como se puede. A pesar de la precariedad extrema, en estos espacios también late la dignidad: se comparte el té, se conversa en distintas lenguas y se tejen redes de solidaridad comunitaria para resistir el aislamiento y las inclemencias del tiempo.

SJM Almería: Manos que acompañan y tienden puentes

En medio de esta realidad, el equipo del SJM Almería se centra en el acompañamiento humano, la escucha  y la defensa de los derechos fundamentales de estas personas vulnerables .

La realidad de Níjar no es un ecosistema aislado; está profundamente conectada con nuestras mesas, nuestra economía y nuestros valores democráticos. La existencia de los asentamientos interpela directamente a cada persona que conformamos la ciudadanía.

Por esta razón ,se desplaza a los asentamientos, rompiendo el aislamiento físico y social que sufren las personas trabajadoras para orientar en los trámites burocráticos, facilitando el acceso a la regularización administrativa, a la atención sanitaria y la vivienda digna.

El fin del trabajo está orientado a promover la dignidad invisibilizada de cientos de personas, a la vez que ponen todo el empeño para que la sociedad local comprenda que detrás de cada cifra macroeconómica de producción del campo , hay un ser humano , una familia, con proyectos y derechos.

El SJM se convierte así en un faro que no solo alivia la urgencia, sino que denuncia las causas estructurales de la exclusión.

Casa Arrupe :

Frente a esta realidad, uno podría sentirse tentado por el desaliento. Porque cuando la desigualdad se vuelve paisaje y la precariedad parece haberse normalizado, es fácil pensar que poco puede cambiar.

Sin embargo, precisamente en medio de ese mar de plástico, existen lugares que nos recuerdan que otra realidad es posible.

El proyecto del SJM en Almería nace de una convicción sencilla pero profundamente transformadora: ninguna persona debería afrontar sola su camino. Por eso, allí donde muchos solo ven asentamientos, exclusión o vulnerabilidad, el SJM se esfuerza por ver rostros, historias, talentos y posibilidades.

Y en el corazón de esa misión se encuentra Casa Arrupe.

Rodeada por los invernaderos de Níjar, Casa Arrupe se levanta como un signo de esperanza. No es solo un edificio. No es solo un proyecto residencial. Es, sobre todo, un lugar de encuentro, de refugio y de formación. Un espacio donde quienes durante demasiado tiempo han vivido en la incertidumbre pueden encontrar estabilidad, descanso y una oportunidad para reconstruir su proyecto de vida.

Casa Arrupe es una casa en el sentido más profundo de la palabra. Una casa donde las personas vuelven a sentirse acogidas. Donde se aprende el idioma, se fortalecen las capacidades personales, se comparten responsabilidades y se construyen relaciones de confianza. Una casa donde la hospitalidad deja de ser una idea para convertirse en una experiencia concreta.

Allí, entre personas de distintos países, culturas y trayectorias, se ensaya cada día algo que nuestro mundo necesita con urgencia: la convivencia. Se demuestra que la diversidad no es una amenaza, sino una riqueza; que el encuentro es más fuerte que el miedo; y que la dignidad florece cuando alguien encuentra un lugar al que puede llamar hogar.

Quizá por eso Casa Arrupe tiene un valor que va mucho más allá de sus paredes. Es un recordatorio de que la respuesta a la exclusión no puede ser la indiferencia. Es la prueba de que la hospitalidad transforma vidas. Y es también una invitación a imaginar una sociedad donde nadie tenga que elegir entre trabajar para sostener la riqueza de un territorio y vivir sin las condiciones mínimas para desarrollar su propia vida.

La tierra produce abundancia; la justicia sigue siendo la cosecha pendiente.

Mirar de frente a Níjar es comprender que la dignidad de una sociedad se mide por la forma en que trata a las personas que la sostienen desde la base más invisible.

El SJM traza el camino, pero la construcción de una comunidad justa y cohesionada es una tarea que nos pertenece a todos y todas.

      

Cecilia Villarroel

CVX San Ignacio en Valencia

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