Del 1 al 3 de mayo tuvo lugar en Almería el encuentro que tuve la fortuna de participar y que me brota con este titulo; Almeria “Tierra Sagrada”, organizado por el equipo de Migraciones de CVX. Fueron días de convivencia, oración, reflexión y discernimiento compartido en torno a la realidad migratoria, vividos desde la espiritualidad ignaciana y el deseo común de seguir construyendo caminos de acogida, justicia y hospitalidad.
Desde la llegada del viernes por la noche se respiró un clima fraterno y sencillo. La acogida, la cena compartida y la dinámica de presentación ayudaron a crear desde el inicio un espacio de confianza donde cada persona pudo sentirse parte de una misma comunidad enviada.
El sentimiento de Gratitud que acompañó el encuentro expresaba bien el espíritu vivido durante esos días: “Gracias por quienes migran, porque con su vida, su lucha y su esperanza nos recuerdan que el Evangelio sigue caminando por rutas inesperadas”. Un sentimiento agradecido se respiraba por los pasillos, por las historias compartidas y, al mismo tiempo, una petición de lucidez, paciencia y ternura para seguir acompañando procesos largos y complejos.
El sábado comenzó temprano con la salida hacia San Isidro para conocer los proyectos del Servicio Jesuita a Migrantes en Almería. Allí pudimos acercarnos más a una realidad marcada por el esfuerzo, la vulnerabilidad y también la esperanza de tantas personas migrantes que llegan buscando simplemente una vida digna.
Desde San Isidro comenzó el camino contemplativo hacia Casa Arrupe, en Pueblo blanco. A lo largo de ese recorrido fuimos haciendo distintas paradas de oración y diálogo acompañados por jesuitas, y un joven acogido en Casa Arrupe dejando que el paisaje, el silencio y las historias escuchadas fueran entrando en nosotros.
La primera etapa nos invitó a contemplar la migración desde la necesidad y desde la acogida. Surgía con fuerza la convicción de que Dios no abandona a quienes se ven obligados a dejar su tierra. Recordábamos también cómo el propio Corán habla de encontrar personas acogedoras en el camino. La diversidad aparecía así no como una amenaza, sino como un regalo y una oportunidad para conocernos mutuamente y construir comunidades que sean verdaderamente hogar para todos.
La segunda etapa estuvo marcada por el silencio. Un silencio que evocaba la muerte, la soledad, la distancia y las despedidas. Pensábamos especialmente en las familias que pierden al hijo, al hermano o al esposo que emprende el camino migratorio y que, a veces, no vuelve jamás. Frente a esos silencios dolorosos, pedíamos al Dios de la Vida que pudiera llenarlos de esperanza. También aparecieron otros silencios: silencios de acogida, de acompañamiento y de presencia fiel. Caminábamos conscientes de estar pisando tierra sagrada.
En la tercera etapa se nos invitó a releer la experiencia migratoria desde la tradición hebrea. Abraham y Sara, Moisés y el pueblo que camina cuarenta años en busca de una tierra prometida fueron iluminando nuestra reflexión. La migración aparecía así unida profundamente a la búsqueda de libertad y dignidad. La pregunta quedaba resonando en el grupo: “¿Qué camino de liberación estamos llamados a ser hoy?”.
La llegada a Casa Arrupe constituyó la cuarta etapa del recorrido. Allí, al hilo del pasaje de Emaús, fuimos invitados a reconocer a Dios en el desconocido con quien coincidimos en el camino. Surgieron preguntas sobre los sueños que nacen cuando nos abrimos al encuentro con otras personas y sobre cómo los vínculos de hospitalidad pueden transformar nuestra vida y nuestra fe. Casa Arrupe aparecía como signo concreto de tantas comunidades que, silenciosamente, siguen encendiendo pequeñas luces de esperanza en nuestras ciudades.
La última etapa nos devolvía a una llamada sencilla y profunda: “ser casa para otro”. Estar atentos a la necesidad del más vulnerable y hacer de nuestra vida un espacio donde otros puedan descansar, sentirse reconocidos y acogidos.
La tarde del sábado continuó con tiempos de oración, la presentación de proyectos de distintas comunidades locales, la celebración de la eucaristía y una velada compartida que ayudó a seguir fortaleciendo los vínculos creados durante el encuentro.
El domingo estuvo centrado en compartir experiencias y seguir profundizando en los retos actuales de la realidad migratoria. Hubo espacios dedicados a la regularización extraordinaria, a la presentación del trabajo del equipo de Migraciones y a la evaluación final.
La oración de cierre del domingo utilizó la parábola del sembrador para iluminar todo lo vivido. Frente a la lógica de la productividad, tan presente en el contexto de los invernaderos que rodeaban nuestro camino, el Evangelio nos recordaba que Jesús siembra sin calcular beneficios ni resultados.
También nosotros nos sentimos llamados a sembrar hospitalidad, justicia y esperanza, aun sin garantías, aun en medio de fragilidades. Como las semillas compartidas durante la oración pequeñas, sencillas y aparentemente poco útiles, quizá nuestra misión consista simplemente en embellecer la vida de quienes caminan a nuestro lado.
El encuentro concluyó con el envío compartido y el deseo renovado de seguir construyendo, juntos y en red, caminos de vida, justicia y acogida. Porque, como rezábamos al inicio, “solo en red es posible sostener la esperanza”.
Nos vamos de Almería con la certeza de que Dios sigue caminando en las fronteras de nuestro mundo y saliéndonos al encuentro en el rostro de las personas migrantes.
Estos días han sido camino compartido, silencio, escucha y esperanza. Hemos pisado tierra sagrada al acercarnos a tantas vidas marcadas por la búsqueda de dignidad, acogida y futuro.
Frente a una cultura que muchas veces levanta muros y calcula resultados, volvemos enviados a sembrar hospitalidad, justicia y humanidad. A ser, sencillamente, casa para otros.
Porque el Evangelio sigue vivo allí donde alguien abre espacio al encuentro y convierte la diversidad en un regalo.
Michel Bustillo
Amigo de la Comunidad CVX Malaga


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