Este año, la elección de Geles y mía con el grupito con el que solemos veranear fue ir a Marruecos en coche, con primera etapa en Ceuta. Tras atravesar la Península de punta a cabo, acometemos nuestra particular Operación Paso del Estrecho. Sobre la cubierta del ferry, no pierdo detalle mientras abandonamos la bahía de Algeciras dejando a un lado el Peñón de Gibraltar y avistamos progresivamente el puerto de Ceuta. Hoy, día 6 de agosto, voy a pisar suelo africano por primera vez en 60 años de vida. Aunque había planeado hacer un ‘juanpablosegundo’ y besar la tierra nada más llegar, lo ocurrido estos días -y un cierto pudor- me retraen. Pero la emoción y el gozo van por dentro.
¿Y qué es lo ocurrido? Desde hace una semana, Ceuta es portada en todos los medios de comunicación, y no sólo los españoles. El pasado 30 de julio se produjo una entrada masiva de migrantes a nado bordeando el espigón del Tarajal. Se habla de 80.000 personas, esto es, el equivalente a la propia población de la ciudad. Se habla también de unos 140 fallecidos: una cifra que, colocada en cualquier otra situación (un terremoto, un bombardeo, una epidemia, el naufragio de un crucero) se consideraría una catástrofe aterradora, pero aquí pasa simplemente desapercibida. Vaya nuestra oración por todos y cada uno de ellos, por sus madres, por sus familias y seres queridos. Como titulaba un artículo en Religión Digital, “Dios lloró en Ceuta”.
En los días siguientes, el gobierno español ha hecho fundamentalmente dos cosas. La primera, enviar al ejército a la caza del migrante furtivo para devolver a la frontera a todos los que pueda, sin procedimiento alguno. La segunda, culpar al régimen marroquí de alentar la entrada, supuestamente como represalia por un acuerdo comercial sobre el gas argelino, o para añadir presión a su reivindicación de Ceuta y Melilla, o por cualquiera de nuestras rencillas históricas… Que no digo yo que no sea cierto. Pero lo primero de lo primero es atender a las personas, sin excusas.
Anteayer supe que mi amigo Beto di Lolli andaba por aquí, enviado por su periódico, “El Mundo”. Una agradable sorpresa. Nos encontramos en el parador, que es donde nos alojamos tanto él como nosotros. Se lo presento a mis compañeros de viaje. Comemos juntos en la cercana Plaza de África. Ya en esta zona céntrica se ve a muchos chavales magrebíes en parejas o tríos, deambulando sin destino fijo. El ‘outfit’ es inconfundible: camiseta, pantalón corto, sandalias, riñonera y una bolsa de plástico donde portan los víveres que les han dado. La mayoría se hace ‘selfies’ delante de los edificios principales con los dedos en V de victoria, como si fueran turistas. Pero también los hay que pasan a nuestro lado con ojos de súplica.
Beto nos propone llevarle a hacer unas fotos que tiene pensadas. Nos ofrecemos mi primo Gerardo, su mujer Pilar, y yo. Vamos primero a una playa del norte, la del Trampolín. Aparcamos y enseguida nos vemos rodeados por centenares de chicos, la mayoría subsaharianos. Llevan días acampados aquí, algo que de momento el clima permite y las autoridades no remedian. Se han ido autoorganizando. Hacen cola para conseguir agua de una ducha pública, pacientemente… hasta que se produce un conato de discusión. Han delimitado un espacio en la arena como mezquita para rezar. Uno de ellos se acerca a Pilar y a mí y nos pide el móvil, aparentemente para llamar a su madre. Nos deja desconcertados, sin saber cómo reaccionar. En ese momento llega personal de la Cruz Roja escoltado por la Policía para un reparto de comida, y los acampados se trasladan en masa a un extremo de la playa.
Nosotros volvemos al coche y nos dirigimos a un polígono abandonado bajo el barrio del Príncipe. En sus naves se ha instalado básicamente la población marroquí, que es más heterogénea. Hay chicos jóvenes, pero también familias, mujeres, niños y niñas que juegan con pelotas y patinetes. Hay coches, furgonetas, incluso vemos llegar un par de taxis. Hay algunos cooperantes y hasta un colega de Beto. Nos cuentan que se está habilitando un colegio próximo para acoger a las menores no acompañadas, sin duda las más vulnerables. Pero en general la sensación es de menor precariedad que en la playa.
Dejamos a Beto junto a la frontera por la que cruzaremos mañana temprano. Recogemos a nuestras chicas, subimos a contemplar las vistas desde el monte Hacho, y luego buscamos un restaurante para cenar en el paseo marítimo. Junto a nosotros, más muchachos de los recién llegados se hacen fotos delante de la formidable estatua de Hércules con sus dos columnas. Que Hércules, Mahoma y la Virgen de África les protejan. Van a necesitarlos a todos. También nosotros, para encontrar la respuesta adecuada, más ahora que les hemos mirado a los ojos. Este día en Ceuta va a dejar una huella indeleble en nuestras almas.
Javier Molpeceres
Línea de misión migraciones



Imágenes de Beto di Lolli


Gracias