Acompañar es la clave


Por Inma Blanch -CVX Ignacio Ellacuría en Valencia- y Gloria González -CVX en Salamanca- desde el Equipo de misión jóven.

El hoy de los jóvenes

Vivimos en un mundo en el que dominan las leyes del mercado, donde las personas dejan de tener valor en sí mismas y pasan a ser valoradas por aquello que son capaces de producir. Muchos ya no encuentran satisfacción en el terreno laboral, pues el trabajo se halla parcializado y sometido a procesos de calidad, en los cuales todo se mide, menos el bienestar de las personas. Para otros, se vislumbra un futuro incierto, pues el trabajo empieza a ser un lujo.

En esta realidad, parece que supeditamos nuestra felicidad a la máxima “tanto tienes, tanto vales”. Muchas veces admiramos a otros basándonos en aspectos externos, no por sus valores, ni los logros obtenidos, ni por el trabajo realizado. La nueva ley acuñada en este mercado es la del descarte, bajo la cual los ancianos no son útiles, los diferentes son prescindibles y los pobres, los migrantes…son molestos. A esto sumamos el hecho que todo está interconectado y va más rápido. Experimentamos la exigencia de ser más veloces, de ser conocedores de las últimas noticias o tendencias y de ser capaces de aportar respuestas inmediatas – aspectos nada propicios a la hora de generar procesos, de profundizar en el descubrimiento de uno mismo, ni de la trascendencia.

En medio de toda esta realidad, azotada actualmente por la pandemia, que impone restricciones, adaptaciones, prohibiciones y falta de socialización, se encuentran los jóvenes. Paradójicamente, ellos tienen ahora más prestigio que en otras épocas, pues la sociedad ansía ser eternamente joven e invierte mucho en perseguir esta quimera, pero no atiende al protagonista. Y al no hacerlo, no cuida, ni invierte en su futuro, que es el nuestro como sociedad, sino que más bien se lo arrebata, pues el mantenerse joven, también conlleva mantener actitudes propias de esta etapa evolutiva: indecisión, dependencia, irresponsabilidad, precariedad laboral, formación y experimentación, pero no consolidación.

La Iglesia, preocupada ante este panorama, convocó un proceso sinodal sobre los jóvenes. Una parte esencial del sínodo consistió en escucharles para conocer su realidad. La conclusión es que hay gran diversidad de jóvenes, por lo que la Iglesia ha de abrazar esa diversidad, sin encasillar al joven bajo un estereotipo, y debe escuchar sus peticiones, siendo la más clara su deseo de ser acompañados. Esta sabia respuesta de los jóvenes muestra sus ganas de descubrir, aprender, experimentar, dialogar e integrarse. Pero, al mismo tiempo, nos plantea una gran cuestión: Como personas, ¿estamos preparados para acompañar al joven? Y ¿cómo estructura?

El acompañamiento de los jóvenes

Estamos, por tanto, llamados a fortalecer el desde dónde y cómo acompañamos.

Como individuos, hemos de dar respuesta mediante nuestra vida al sueño que Dios tiene para cada uno de nosotros. Como laicos o religiosos comprometidos debemos realizar la misión discernida a la que somos llamados. Viviendo una vida plena y haciendo de lo cotidiano algo divino es el mejor testimonio, el mejor horizonte al que los jóvenes pueden aspirar.

Como hermanos, hemos de seguir tejiendo nuestros lazos como comunidad. Es la fraternidad la que trasparenta el Reino, donde unos luchan por la justicia, otros por la igualdad, otros por la familia, por los migrantes, por la inclusión, los mayores… Individualmente no somos capaces de abarcarlo todo, por lo que sólo una respuesta conjunta puede ofrecer parte de la Verdad: “Allí donde haya dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo.” Al acompañarnos unos a otros, nos fortalecemos y apuntalamos nuestras misiones, para ayudarnos a seguir enfocados y ser la alternativa al egocentrismo que nos amenaza hoy y al que parece que muchos jóvenes no son inmunes.

Como Iglesia, hemos de luchar por adaptarla a los nuevos tiempos. Hay camino por delante para valorar y dignificar el laicado dentro de la sociedad y la Iglesia. Hay trabajo por hacer para que la Iglesia crezca en igualdad y corresponsabilidad y admita también al joven en sus estructuras, con todas las aventuras que esto pueda suponer. Somos corresponsables en la actualización de la Iglesia: respecto a la sociedad y el tiempo presente, donde tengan cabida las situaciones reales, los divorciados, los LGTBIQ+, la mujer o los que sufren. El joven no advierte estas diferencias y no entiende por qué la Iglesia hace distinciones.

¿Cómo hacerlo?

También hemos de cuidar otros aspectos del acompañamiento de los jóvenes. En algunos casos, los jóvenes están necesitando una primera evangelización o un mayor conocimiento de Dios – un Dios que cada día resulta más extraño, porque no está presente en nuestra sociedad, ni en nuestros relatos. Algunos adolescentes oyeron algo sobre Él cuando eran niños, o de boca de sus abuelas; otros celebran “cosas” en los colegios, pero no se enteran de mucho. Raramente se celebra algo en Su nombre, si no es por costumbre, porque toca o porque queda más bonito. Por tanto, los jóvenes necesitan ser acogidos tal y como son, fruto de la sociedad, del modelo educativo y social que hemos generado. Deben tener derecho a equivocarse, a no entender, a que se le susciten todas las dudas posibles, a no saber expresar lo que les sucede, lo que sienten o lo que saben de Dios. Si no han oído mucho acerca de Dios, podemos explicar aún aquello que nos parezca más obvio, porque no lo es tanto como a nosotros nos pueda parecer. Y todo ello sin urgir su camino, dar lecciones u ofrecer nuestras respuestas, puesto que cada cual ha de encontrar el camino que más le acerca a Dios.

Por otro lado, somos llamados en especial a la creatividad y al empleo de un lenguaje que los jóvenes entiendan – breve, directo, sencillo y visual – que transmita autenticidad, claridad, radicalidad, verdad y capacidad de ser alternativo, porque eso es lo que les puede atraer. Hemos de poner especial atención a las llamadas que nos hacen a ser más flexibles en cuanto a las formas, los modos de celebrar, de compartir, de ritualizar, sin imponerles una forma determinada de reunirse, de conformarse o estructurarse grupalmente. En una sociedad líquida, debemos mantener lo esencial – el Amor, el auténtico mensaje salvífico, la oración como modo de permanecer – por lo que hemos de propiciar experiencias de encuentro con el que sufre, para que se descubran sirviendo, así como experiencias de retiro y oración, para que puedan ejercitar su alma mediante el coloquio con la divinidad.

No menos importante, los jóvenes necesitan tiempo junto a sus iguales y junto a nosotros y, por eso, la importancia de invitar, de ofrecer y de acoger a los jóvenes para que se acerquen a nosotros. Aunque no sepan formular preguntas, sin duda, estarán buscando respuestas que les aporten sentido. Todos sus cuestionamientos son lícitos, pues sólo al plantearse las preguntas adecuadas, pueden encontrar las respuestas válidas para su vida. De ahí, la importancia de brindarles espacios donde puedan reunirse y hablar de todo lo que les importa con sus iguales. Es junto con ellos donde sienten que pueden llegar a ser ellos mismos, logrando comunicarse desde dentro, y no en medio del mundo, pues el mundo a veces no les entiende. Y cuando sea necesario, también hemos de brindar auténticos profesionales destinados a la pastoral juvenil: disponibles y dispuestos, con tiempo para formarse, reflexionar, crear, coordinar, animar toda esta misión.

Por último, no dejemos pasar la oportunidad de descubrir el lugar teológico que son los jóvenes. Cristo se revela a ellos de una forma más clara que a los adultos, ya enredados en las dinámicas del mundo, acostumbrados a las leyes que rigen la sociedad: el dinero, el poder, la apatía, el conformismo…Contagiémonos, por tanto, de su frescura, su energía, su creatividad, su autenticidad, su alegría, su altruismo y su valor, tan necesarios en la sociedad y la Iglesia de hoy.


Foto de portada creada por rawpixel.com

Las opiniones e ideas que aparecen en los artículos publicados desde Política-mente son responsabilidad de las personas que los han escrito y, por tanto, no necesariamente coinciden con los de CVX-España como institución.


[1]

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.