PARTE 2 (ver Parte 1)
A pesar de su relevancia inicial, el protagonismo de María de Magdala se fue desvaneciendo y transformando de manera drástica en la Iglesia de Occidente. El punto de inflexión clave ocurrió en el año 591, bajo el pontificado del Papa Gregorio Magno . En una de sus homilías, el pontífice fusionó erróneamente —y sin un criterio exegético riguroso— a tres mujeres distintas de los Evangelios en una sola figura:
1. María de Magdala, de la que Marcos y Lucas testifican que Jesús había expulsado «siete demonios» (expresión semítica que simbolizaba una enfermedad grave o una total posesión, pero no un pecado moral).
2. María de Betania , la hermana de Marta y Lázaro.
3. La mujer pecadora anónima de Lucas 7, que unge los pies de Jesús con perfume y lágrimas.
Al unificar estas tres figuras, Gregorio Magno interpretó los «siete demonios» como la «totalidad de los vicios» y, dada la mentalidad de la época, adjudicó a esta nueva figura resultante pecados de índole estrictamente sexual. Así, la Magdalena pasó de ser la líder y apóstol de la Resurrección a convertirse en el prototipo de la prostituta arrepentida.
En el año 720 se fijó oficialmente el 22 de julio como su fiesta. En el siglo XIII, Jacobo de Vorágine introdujo nuevos elementos en su leyenda, asimilándola a la historia de María Egipcíaca (una mujer que se retiró al desierto a hacer una rigurosa penitencia corporal para reparar sus pecados).
A partir del gran centro de culto de Vézelay (Francia) y a lo largo de todo el Camino de Santiago, proliferaron iglesias, hospitales de peregrinos y ermitas bajo su advocación, siempre bajo el prisma de la «pecadora arrepentida». Bajo su patronazgo se fundaron numerosas instituciones para la acogida y reforma de prostitutas. Si bien esto impulsó una rica mística y corrientes estéticas basadas en la misericordia, desdibujó por completo a la auténtica e insigne discípula de la Iglesia primitiva.
MAÑANA, PARTE 3
Imagen: María Magdalena penitente de Artemisia Gentileschi


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